EL SALVADOR VIVE UN RETROCESO EN MATERIA DE DERECHOS HUMANOS

Amnistía Internacional afirma que la joven promesa que era Bukele se perdió en el lema de conmigo o contra mí

Londres, Inglaterra. – El 1 de diciembre marcó la mitad de los cinco años de gestión de Nayib Bukele como presidente de El Salvador. El camino no ha sido fácil. Cuando el joven líder tomo posesión, la tasa de homicidios del país estaba entre las más altas de América Latina, los derechos de las mujeres estaban en riesgo gracias a una de las leyes anti-aborto más duras del mundo, y las victimas del sangriento conflicto armado continuaban esperando, tras décadas, justicia, verdad y reparaciones casi 30 años después de la firma de los acuerdos de paz.

Así, es que cuando la ONG Amnistía Internacional se reunió con él en junio de 2019, 24 días después que tomara posesión, para compartir sus preocupaciones sobre la grave situación de derechos humanos en El Salvador, Bukele se comprometió a abordar algunos de los desafíos históricos que enfrentaba el país, convertirse en una voz diferente en Centroamérica y a mantenerse abierto al escrutinio internacional.

“Pero cuando movemos las agujas del reloj dos años y medio, en vez de progreso, lo que vemos es un retroceso astronómico de los derechos humanos al ritmo que Bukele pasó de ser una promesa brillante a convertirse en un líder cuya filosofía de conmigo o en mi contra está destruyendo lo que muchas generaciones han intentado construir durante décadas”, reprochó Amnistía Internacional.

La organización afirma que desde que tomó posesión, el derecho a expresar una opinión, el derecho a la libertad de asociación o el de las mujeres a tomar decisiones sobre sus propios cuerpos, han sido, en el mejor de los casos, ignorados, y en el peor, hechos a un lado a propósito.

Asegura que hoy en El Salvador, hay muy poco espacio para cualquier cosa que no sea apoyar al presidente.

Al respecto,  Astrid Valencia, Investigadora para América Central de Amnistía Internacional asegura que como salvadoreña que ha vivido su infancia durante el conflicto armado, “he visto con desesperanza cómo la actual gestión ha desmantelado, una por una, todas las instituciones que debería trabajar para garantizar los derechos humanos, y retroceder en el camino iniciado con los Acuerdos de Paz en 1992. La posibilidad de tener el país que mi familia quería que mi generación heredara se está desvaneciendo rápidamente”.

Astrid considera que la estrategia de Bukele no es nueva. Cuando llegó al poder, asegura, traía consigo un mapa de ruta que pidió prestado de su vecino: Daniel Ortega, el hombre que encogió el espacio cívico en Nicaragua a tal grado que hoy es casi invisible.

“Primero, Bukele declaró lo que pareció temporada de caza contra periodistas independientes, abogados, abogadas, activistas de derechos humanos y cualquiera que se atreviera a criticarlo. La campaña comenzó en línea donde los criticó y minimizó su trabajo. Catalogó a activistas como criminales, de trabajar para lograr la muerte de más humanos durante los meses más duros de la pandemia de Covid-19, de ser organizaciones de fachada parte de la oposición política”, recordó. 

Luego de lo cual expresa que cuando el líder de un país con una población relativamente pequeña comienza a apuntar a personas por sus nombres, le da luz verde a algo mucho más peligroso. “Lo que siguió fue el advenimiento de un ambiente hostil en el que muchas personas comenzaron a sentir que ya no podían expresas sus opiniones sin una posible represalia o sin ser desacreditadas públicamente por las autoridades”.

Astrid reprocha que los periodistas también trabajan en un ambiente cada vez más hostil. – tanto que El Salvador cayó ocho lugares en el ranking de libertad de prensa de 2021 publicado por Reporteros sin Fronteras y al menos 23 periodistas denunciaron que tenían razones para creer que estaban siendo vigilados. “A pesar de los crecientes riesgos, muchas personas que trabajan en la comunicación y el periodismo continúan haciendo su labor para revelar las irregularidades”.

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